martes, 26 de febrero de 2008

¿La Voz de Quién?

¿LA VOZ DE QUIÉN?
LUIS FELIPE RAGUÁ MIRANDA

MELINA RAMÍREZ SERNA
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Decenas de miles de personas caminando al mismo paso bloquean calles enteras de una ciudad. El mismo panorama se repite en al menos un puñado de ciudades del país. Las voces que gritan “¡Libertad!”, las mismas voces que gritan “¡No más!” se ven respaldadas por las pocas pero significativas voces en todos los continentes del planeta. Por un momento, los ojos del mundo se posan sobre un territorio cuya forma se asemeja a un rombo. Es Colombia. Y las voces del pueblo se alzan ante un ente conformado por otros colombianos, un ente cuyo fin político se ha degradado hasta la casi inexistencia, y cuyas prácticas inhumanas dejan sin habla y con el corazón oprimido a más de uno: las FARC.


A finales del 2007 los medios divulgaron las pruebas de supervivencia de varios secuestrados de las FARC, que los mostraban en condiciones infrahumanas. Encadenados del cuello, encerrados en jaulas cual judío en campo de concentración, el sufrimiento se notaba en las caras de estas personas, y se explicitaba en las cartas que mandaron a sus familiares, especialmente en la del coronel Luis Mendieta, quien enunció una frase que seguro pasará a la historia: “No es el dolor físico el que me detiene, ni las cadenas en mi cuello lo que me atormenta, sino la agonía mental, la maldad del malo y la indiferencia del bueno, como si no valiésemos, como si no existiésemos”.


El pueblo colombiano fue testigo de estas atrocidades, y en el seno de un grupo de amigos en Barranquilla, surgió la idea de crear en Facebook, una red social de Internet, un grupo denominado “Un Millón de Voces Contra las FARC”, cuya primera actividad sería aquella marcha del 4 de febrero. Es impresionante que un medio como el Internet haya desatado tan grande manifestación de un pueblo en el que un gran porcentaje no tiene ni sus necesidades básicas cubiertas. Y es aún más digno de méritos que se haya realizado a través de Facebook, un portal que en esa época sólo funcionaba en inglés, en un país donde pocos saben bien el idioma. Por eso hay que destacar la labor que los medios ejercieron para la divulgación de esta marcha. Sin el apoyo de los medios masivos de comunicación no hubiera sido posible realizarla.

A paso de gigante creció esta pequeña iniciativa de movilización ciudadana, que pronto empezó a adquirir tintes políticos. Columnistas y editoriales comenzaron a culpar a éste y a aquel de aprovecharse de la marcha para ejercer su proselitismo político, para tomar ventaja del dolor que el pueblo colombiano decía estar sintiendo y afianzar la estrategia militar contra las FARC. El panorama se empezó a nublar. Algunos columnistas opinaron la semana anterior a la marcha para disipar estas nubosidades y asegurar que si se marchaba, era por el objetivo principal, y no con fines políticos.

Además, se criticó a la marcha por la forma en que se enunció su objetivo (“No más FARC”), pues éste conllevaría al odio y al rencor contra las personas que conforman este grupo subversivo. En otras palabras, la marcha engendraría más violencia – pero ahora una violencia sicológica –. En fin, se convirtió en un revoltijo de emociones, pensamientos y hechos. Pero era inevitable. La marcha ya no tenía marcha atrás.
El 4 de febrero una de las más multitudinarias marchas en la historia de Colombia sucedió. Con “sedes” en todos los continentes y en decenas de países en todo el mundo, la marcha fue todo un éxito. Las calles parecían pintadas de blanco mientras el pueblo gritaba por la libertad.

Pero este cuento no termina aquí. La marcha del 4 de febrero ha dejado un pueblo colombiano con aversión hacia las FARC y hacia todo lo que tenga que ver con ellas, y su mirada y el peso de su ira se ha fijado en ellas y sólo en ellas. Por eso se ha dejado a un lado a otros actores del conflicto que indudablemente tienen una gran repercusión en él: los paramilitares, el Estado mismo, la delincuencia común. Igualmente, la centralización en el problema de las FARC deja aun lado otro tipo de conflictos que tiene el país, sobre todo los de índole social y económica, puntos que no son prioridad de nuestro gobierno. Es posible que la marcha se convierta en una excusa para incrementar la ofensiva militar contra las guerrillas, y, como se había predicho antes de que sucediera, las consecuencias de la marcha se empiezan a ver en el campo político: tan sólo unos días después de ella, se anunció la posibilidad de una segunda reelección del Presidente de la República.


Igualmente, la marcha ocasionó el surgimiento de lo que se ha denominado una “contramarcha”, la cual tomaría lugar el 6 de marzo. Esta “contramarcha” equilibraría la balanza en cuanto a que va en contra del paramilitarismo y los crímenes de Estado. Ahora la moneda se ha volteado. Ahora son los sectores de derecha quienes califican a la marcha como afín con la guerrilla (pues este grupo ha demostrado su apoyo a ella), sin tener en cuenta que una de las grandes polémicas de la marcha del 4 de febrero fue el apoyo de Salvatore Mancuso, un reconocido ex paramilitar. Y esta nueva marcha, a diferencia de la primera, no tiene el apoyo de los medios masivos de comunicación, los cuales, no sorpresivamente, suelen estar aferrados al gobierno. ¿Qué sucederá con esta nueva marcha, tan pobre en publicidad? ¿Cuál es, en verdad, sin impurezas, el deseo del pueblo?

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